Durante años, Nicolás Maduro cultivó una imagen cercana y popular: bailes en actos públicos, consignas en inglés como “No war, yes peace” y discursos con tono conciliador desde el Palacio de Miraflores. Sin embargo, ese relato se quebró abruptamente cuando Estados Unidos anunció su captura junto a su esposa, tras una operación militar ordenada por Donald Trump que incluyó bombardeos en distintos puntos del país.
Maduro, quien se presentó siempre como un hombre común —el llamado “presidente obrero”—, arrastró a lo largo de su mandato señalamientos por violaciones a los derechos humanos. Alto, de bigote espeso y pasado sindical, el exchofer de autobús supo explotar los símbolos del “hombre del pueblo”: referencias al béisbol, bromas con el idioma inglés y relatos domésticos compartidos con su esposa en televisión.
Su compañera, Cilia Flores, conocida como la “primera combatiente”, tuvo una trayectoria clave en el poder: fue diputada desde 2000 y presidió la Asamblea Nacional entre 2006 y 2010. Con fuerte influencia tras bambalinas, también fue detenida, según el anuncio oficial estadounidense. El paradero de ambos permanece sin confirmarse tras el ataque de gran escala contra Caracas y otras regiones.
Maduro transitaba su tercer mandato (2025–2031), con el que habría acumulado 18 años en el poder, superando a Hugo Chávez (14 años) y solo por debajo del largo dominio de Juan Vicente Gómez (27 años).
Más allá de su juventud al volante de un autobús, su carrera incluyó formación política en Cuba y cargos clave en la era chavista: parlamentario, canciller y vicepresidente. Subestimado por sus adversarios en múltiples ocasiones, Maduro terminó consolidando un poder que hoy enfrenta su momento más crítico.


